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Actualizado :
Viernes, 04 de Junio de 2010





Cartas

La Pequeña Gigante y la infancia dañada de mi Patria

Esta carta va dirigida especialmente a esos niños de hace treinta y siete años que sólo eran eso “niños” cuando aquellos que llevan en sí el síndrome de Caín, detuvieron e hicieron desaparecer a sus padres, tíos, hermanos, abuelos y que llevan aún esa herida abierta.

Al igual que en la próxima pasada Carta Abierta a mi Pueblo, me encuentro frente al televisor, continúo sin avanzar en el libro que estoy escribiendo y algo en lo profundo de mi ser, o sea, mí misma me aconseja “Ana, primero trata de no fumar mucho, sintoniza TVN y no cambies de canal para que veas la gran obra de arte que nos regalará durante cuatro días la Compañía Royal de Luxe. Es la historia de una niña gigante que caminará por las calles de Santiago buscando a su tío, al cual no ha podido encontrar”… Así me hablo y me contesto a mí misma: nada nuevo son para mí esos consejos pues mis biznietos ya se han encargado de hacérmelo saber. En su ansiedad  por estar presentes acompañando a la Pequeña Gigante en la búsqueda del tío perdido. Apatotados, ellos habían partido muy temprano en la mañana hacia el centro de Santiago.

Hubo un momento en que quise acompañarlos, cortaba las huinchas por ir con ellos, pero mí misma me hizo recordar que en la pasada visita que esa angelical niña nos hiciera dos años atrás, fui con la familia: nietos, biznietos recién nacidos y más nietos. Por ese entonces me llevaron en silla de ruedas. Recuerdo que en algún momento nos vimos rodeados de una masa humana que me impactó de tal manera que, sacando mi mejor voz de mando los interpelé para que nos retiráramos hacia atrás, por miedo a que se produjera una estampida humana. No me hicieron caso, aduciendo que era imposible salir de allí, menos arrastrando una silla de ruedas. Seguí insistiendo hasta que mi hija Patricia, al verme angustiada les dijo: “Yo soy capaz de sacar a mi mamá, si no lo hago se va a desmayar”. La vieron tan decidida que aceptaron que nos alejáramos. Con el corazón apretado los dejamos en medio del tumulto, no dejaba de pensar que si algo sucedía, estarían más libres para cuidar a los niños sin tener que preocuparse además de la abuela. Debo agregar que por cada metro cuadrado se apretujaban veinte a treinta personas, sin embargo nos fueron abriendo paso a medida que avanzábamos ¡qué pueblo!

Con esa experiencia en el cuerpo, esta vez lo mejor era quedarme sentada frente al televisor viendo el teatro callejero en todo su esplendor y belleza a través de la pantalla.

A medida que transcurre la función mi imaginación se desborda, mi emoción se eleva al cubo cuando descubro los ojos de la Niña Gigante. Su mirada me conmovió, era dulce, alegre, esperanzadora, llena de ternura, y aunque parezca paradojal, era a la vez una mirada tan triste…

De pronto, en mi imaginación veo que cambia de rostro, la Pequeña Gigante era mi amada nieta Lorena Díaz, que desde chiquitita camina por las calles en busca de su papito Leo, detenido y hecho desaparecer por la dictadura militar.

La lectura que hago de lo que estoy viendo y viviendo llega a su grado máximo cuando del fondo del mar emerge el tío tan esperado, tan buscado. A esa altura de la obra ya no se si es el tío o es el papito Leo que viene al encuentro de su hija Lorena. Sólo se que a pesar de la cultura de la muerte, siempre saldrá avanti la cultura de la vida. Por ello, Leo sale del mar, porque las personas buenas como él jamás mueren. Estoy llorando a mares y le digo a mi nieta: “Lorena, después de treinta y cuatro años que buscas a tu papito, la Pequeña Gigante, que vino desde un país lejano en busca de su tío, tu abuela Ana vio a tu padre emergiendo desde el fondo de las aguas para abrazarte y entregarte toda la ternura que un día te arrebataron.

Escribo esperando leer un diario en que salga el poético mensaje de la Compañía Royal de Luxe que nos brindara ese gigante humanista que es Jean Luc Courcoult. Entre los varios mensajes que nos dejó, uno de ellos, para mi, -que me declaro allendista- es el que tiene que ver precisamente con el presidente mártir. Con arte, con magia, con un simple argumento, logró lo que nosotros no habíamos logrado ¡abrir las anchas alamedas!

¡Qué alegría ver a la gente tomándose las calles, a pesar del calor implacable del verano. Qué satisfacción ver familias enteras desplazándose de un lado a otro, la alegría de los niños, felices y preocupados seriamente de ver llegar al tío que venía del fondo de las aguas. Cada niño entrevistado quería ponerle nombre a la Pequeña Gigante; Carolina, dijo una y como lluvia en abril florecieron diferentes nombres: Carolina, Pamela, Claudia, la última entrevistada dijo: “quiero que se llame  Lorena”. –Mierda- me dijo mi misma, Ana, si tu pensaste lo mismo. ¿Cómo tanta casualidad?

Sin duda no todos pensaron en las Lorenas de mi patria, ni todos vieron a Leo, un detenido desaparecido, emergiendo desde el fondo del mar a reencontrarse con su pequeña. Tal vez, ese no era el mensaje que la Compañía Royal de Luxe quería entregarnos, pero yo  lo sentí así, lo viví así, lo que me lleva  a compartir esta reflexión con ustedes.

Con profunda emoción les saluda,

Ana González de Recabarren

Santiago, 1 de Febrero de 2010

Nota: Un martes 13 de abril, recibí la grata  visita de Aíde  Saran, una agradable y simpática ciudadana  brasileña. Conversando de lo humano y lo divino, le cuento de esta carta, a lo cual ella me dice: “Ana, te voy a dar un regalo que te sorprenderá”.

Efectivamente me sorprendí: abriendo su cartera, saca el volante con el mensaje de  Jean Luc Courcoult  que ella había recogido en la calle y como lo encontró tan hermoso, lo llevaba guardado en la cartera. Generosamente me lo regaló y yo lo comparto con ustedes. Pensando en Sor Teresa de Calcuta repito: “La vida es un misterio, dilucídalo”.