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LA VULNERABILIDAD DE LAS Y LOS CHILENOS FRENTE AL SIDA
Es posible sostener que la vulnerabilidad crece en la medida que se hace fuerte la disociación conductual, debido a que este fenómeno favorece la distancia entre el conocimiento que las personas tiene sobre la existencia de las Enfermedades de Transmisión Sexual (ETS), y sus métodos de prevención, y el uso de esas informaciones en sus relaciones sexuales.
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La prevención del VIH se encuentra con distintos problemas. Algunos de ello se ubican a nivel cultural y ponen en jaque a las metodologías de prevención usadas para reorientar las relaciones cotidianas que fortalecen las condiciones de riesgo frente al SIDA.
Es necesario recordar que ha habido avances importantes pero insuficientes en el empleo de las metodologías de prevención. Es así como hoy ya no hablamos de enfermos sino que de personas que viven con VIH, no decimos que el virus se contagia sino que se transmite y ya no consideramos que existan personas más vulnerables que otras, sino que hay condiciones sociales, económicas y culturales de riesgo y vulnerabilidad que favorecen la ampliación de la incidencia del VIH.
Luego, se aprecia que no es suficiente dirigir acciones desde un paradigma asistencial para ir en ayuda de los que viven con VIH o que se encuentran en condiciones de riesgo y vulnerabilidad, sino que se hace imperioso acompañar esas formas de hacer prevención con las capacidades de las personas que permiten, una vez puestas en práctica: diseñar, implementar y evaluar los programas de salud pública y educación sexual, para que ellos se caractericen por ser efectivos y pertinentes a los mundos de vida a los que se dirigen.
En el contenido y ya no en la forma que adoptan las herramientas y técnicas de prevención, es necesario asumir las determinantes que emergen de los hechos que comúnmente nombramos como vulnerabilidad y riesgo, especialmente el fenómeno de la disociación conductual.
Si definimos la vulnerabilidad como las condiciones subjetivas de las personas y el riesgo como las relaciones sociales, condiciones económicas y pautas culturales que están presentes en las comunidades donde las personas se desarrollan. Es posible sostener que la vulnerabilidad crece en la medida que se hace fuerte la disociación conductual, debido a que este fenómeno favorece la distancia entre el conocimiento que las personas tiene sobre la existencia de las Enfermedades de Transmisión Sexual (ETS), y sus métodos de prevención, y el uso de esas informaciones en sus relaciones sexuales.
Por tanto, la disociación conductual se vincula a dos dimensiones. La primera está relacionada con la presencia de un sistema de valores que desprecia el uso de los métodos de prevención en las rutinas sexuales o, en primera instancia, en los habituales temas de conversación.
Dicho sistema de valores es una cultural que comúnmente recibe el nombre de machismo, y se caracteriza por disponer a la persona a concebir que las ETS están más allá de su círculo social y las ayuda a asumir que entre hombres y mujeres por ejemplo, son siempre los hombres los que cuenta con el poder para tomar la decisión sobre la relación y sobre el uso o no de los métodos de prevención.
La segunda dimensión de la disociación conductual está ubicada en lo que hemos definido por riesgo. Esta se relaciona tanto con la incidencia que tienen los que son considerados como significativos por las personas cuando ellas deben tomar decisiones como, por ejemplo: pastores, profesoras, madres, padres, hermanos, amigas, empleadores, medios de comunicación, etc.; y con las posibilidades objetivas que les permiten acceder o no a los conocimientos y a los accesorios de prevención.
En este nivel se visualizan lejanías, incluso abismos, entre las personas y las organizaciones dedicadas a distribuir los conocimientos sobre la sexualidad: sistemas de educación formal (escuelas, liceos y universidades) e informales (grupos pastorales, sindicatos, organizaciones no gubernamentales, etc.); y entre las personas y las organizaciones de control de la salud pública (consultorios y hospitales).
Por lo cual, existe ausencia de metodologías de prevención implementadas sistemáticamente y que contribuyan a fortalecer relaciones de reciprocidad que, por ejemplo: reduzcan la debilidad de los acompañamientos afectivos entre las personas que viven con VIH y entre las personas que experimentan interrogantes sobre su sexualidad; amplíen la información sobre sus sexualidades y no sólo sobre lo que de manera general se sabe; y fortalezcan la especialización de los servicios de salud en comunidades cuyo poder adquisitivo les impide el acceso al conocimiento y a los métodos de prevención del SIDA.
Nicolás Gómez Núñez, sociólogo.
Programa de Prevención
Área de Desarrollo y Capacitación en Derechos Humanos FASIC
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